El día 26 de junio hace 40 años que no veo físicamente tu rostro, pero te siento muy cercano, te marchaste al cielo y desde allí me mandas tu ayuda; si nunca estando entre nosotros nos faltaba, pues ahora desde ahí que tienes más poder, bien lo noto, ya que estás junto a la Trinidad Beatísima; a la Virgen a San José a quienes tanto querías, así te gustaba unir los dos nombres al escribir el tuyo Josemaría. Como de costumbre te mando mi felicitación. ¡Auguri! San Josemaría y gracias, ya sé que no te gustaba que te diéramos las gracias, siempre que las escuchabas añadías “Las gracias a Dios”. Gracias por tu fidelidad a los requerimientos de Dios, por tu entrega generosa a todas las almas sin distinción de razas ni religión; aún recuerdo en una tertulia multitudinaria en un país de América del sur cuando se levanto un señor y te dijo que era hebreo, con qué cariño le miraste y le respondiste: “Yo quiero mucho a los hebreos, mis dos grandes amores son hebreos, Cristo y la Virgen María” por tu amor a la Iglesia y al Papa.
En una carta es imposible enumerar tus virtudes, pues todas las tenías en grado heróico, por eso la Iglesia te proclamo santo, permíteme resaltar alguna. Tu fe en Dios te llevaba a amarle de modo especial en la Eucaristía, impresionaba asistir a tu Misa, tu recogimiento, con que amor seguías las rúblicas. Aconsejabas, porque tu lo vivías, que al divisar un campanario acompañáramos a Jesús oculto con el pensamiento, haciéndo actos de amor y de fe, a esto le llamabas, como alma enamorada “asaltar sagrarios”. Tu humildad te llevaba a pasar inadvertido, decías refiriéndote a Dios “que solo El se luzca”.
Qué grande era tu corazón en el cabían todas las personas, participabas en sus penas, alegrías, sabías perdonar, escuchar, sonreír, aconsejar. Gracias y de nuevo ¡Felicidades! San Josemaría.

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