“Todo tiene su tiempo, tiempo de nacer y tiempo de morir”. Esto lo escribió hace más de veinte siglos el autor del libro del Eclesiastés, un bello poema, se ve que era una época muy distinta a la que ahora estamos. Entonces se veía cómo el nacer y el morir eran acontecimientos naturales que tenían su tiempo; pero la ciencia biomédica, está interviniendo, en cosas que no son propiamente de su incumbencia y aquí entra el aborto y la eutanasia, dos asesinatos. Ya la vida y la muerte dejan de tener su tiempo.
La Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, dice: “Nadie puede autorizar la muerte de un ser inocente aunque se trate de un enfermo incurable o agonizante. Nadie puede pedir ésta acción homicida ni para sí ni para otros confiados a su responsabilidad. Ninguna autoridad puede legitimarlo o permitirlo. Es una violación de la ley divina, una ofensa a la dignidad humana (...)”
Un enfermo, si es bien asistido, si se le da cariño, si se le comprende y respeta nunca pedirá la eutanasia, esperará en paz hasta que le llegue la hora, existen los cuidados paliativos y el cariño humano que nunca debe faltar a los enfermos: un cogerle la mano, acariciarlo, escucharlo.
Ninguna vida carece de valor por muy herida que esté. Claro, si pensamos que la vida termina en éste mundo, pero los que tenemos Fe sabemos que no; hay otra que vale la pena conquistar ofreciendo nuestros sufrimientos a Dios y hacérselo ver a otras personas.
Para un cristiano, su muerte natural no es un sin sentido, sino el momento en que entrega su vida en manos de Dios, que le llamó a la existencia que le ha cuidado y al que finalmente se entrega con gozo y confianza.
Conchita del Moral Herranz.
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