Un trabajador fiel y preocupado por los demás, la meta era llevarlos al Cielo a través de su trabajo diario. Así lo enseñabas tú, solías decir: “Todo trabajo es un encuentro con Cristo”. Claro, se entiende que todo trabajo bien hecho, y cito una frase tuya en tu libro Amigos de Dios: “El Señor os quiere santos en el lugar donde estéis, en el oficio que habéis elegido por los motivos que sean, a mí todos me parecen buenos mientras no se opongan a la ley divina, y capaces de ser elevados al plano sobrenatural, es decir, injertados en esa corriente de Amor que define la vida de un hijo de Dios”.
Así lo vivías y enseñabas a todos. Por eso en la Obra que fundaste caben todos que Dios les de esa vocación de santificarse en medio del mundo: ricos, pobres, sanos, enfermos, cultos, menos cultos, todas las razas, con tal que luchen para ofrecer todo a Dios y le acerquen muchas almas, y santificarse con su tarea.
Claro, la idea de entonces era que la persona que quisiera amar más a Dios tenía que ser fraile o monja, tu los amabas mucho y así lo has inculcado a los que te hemos seguido, de hecho los hay que cooperan con su oración y así mutuamente unos por otros.
Había personas que te trataban de loco y tú con tu gracia solías decir: “Tienen razón, loco de amor a Dios”. Y aunque fuiste tan calumniado, nunca perdiste el buen humor. Ya escribiste en tu libro Camino: “Si salen las cosas bien, alegrémonos bendiciendo a Dios que pone el incremento. Salen mal, alegrémonos, bendiciendo a Dios que nos hace participar de su dulce Cruz”.
Todos los que pertenecemos a la Obra que tú fundaste te llamamos Padre y qué padre, ¡como te preocupabas de cada uno!
Atendías a todas las personas que se acercaban a ti, les ayudabas en todo lo que podías, a nuestros padres, hermanos… Tengo un detalle personal que cuento: enfermó mi madre cuando yo estaba en Roma, y en cuanto te enteraste, tu mismo me conseguiste el billete para el primer avión que saliera; me dijiste, “estate con ella mientras te necesite” y me diste la bendición y un dulce típico de Italia para mis padres, ya que viajaba a España , me dijiste “no estarán para bromas, pero te lo doy con mucho cariño”.
Otra cosa que nos inculcaba era el amor al Papa, a los Obispos y a todo el mundo aunque pensara diferente que nosotros; a veces decía: “yo, podré dar un consejo, pero nunca coaccionar”.
Gracias San Josemaría y Auguri que estás en el Cielo junto a Jesús y a la Virgen a la que tanto querías y le rezabas por todo el mundo. Y gracias también porque hay tantas personas que han encontrado su felicidad en este camino.
Así lo vivías y enseñabas a todos. Por eso en la Obra que fundaste caben todos que Dios les de esa vocación de santificarse en medio del mundo: ricos, pobres, sanos, enfermos, cultos, menos cultos, todas las razas, con tal que luchen para ofrecer todo a Dios y le acerquen muchas almas, y santificarse con su tarea.
Claro, la idea de entonces era que la persona que quisiera amar más a Dios tenía que ser fraile o monja, tu los amabas mucho y así lo has inculcado a los que te hemos seguido, de hecho los hay que cooperan con su oración y así mutuamente unos por otros.
Había personas que te trataban de loco y tú con tu gracia solías decir: “Tienen razón, loco de amor a Dios”. Y aunque fuiste tan calumniado, nunca perdiste el buen humor. Ya escribiste en tu libro Camino: “Si salen las cosas bien, alegrémonos bendiciendo a Dios que pone el incremento. Salen mal, alegrémonos, bendiciendo a Dios que nos hace participar de su dulce Cruz”.
Todos los que pertenecemos a la Obra que tú fundaste te llamamos Padre y qué padre, ¡como te preocupabas de cada uno!
Atendías a todas las personas que se acercaban a ti, les ayudabas en todo lo que podías, a nuestros padres, hermanos… Tengo un detalle personal que cuento: enfermó mi madre cuando yo estaba en Roma, y en cuanto te enteraste, tu mismo me conseguiste el billete para el primer avión que saliera; me dijiste, “estate con ella mientras te necesite” y me diste la bendición y un dulce típico de Italia para mis padres, ya que viajaba a España , me dijiste “no estarán para bromas, pero te lo doy con mucho cariño”.
Otra cosa que nos inculcaba era el amor al Papa, a los Obispos y a todo el mundo aunque pensara diferente que nosotros; a veces decía: “yo, podré dar un consejo, pero nunca coaccionar”.
Gracias San Josemaría y Auguri que estás en el Cielo junto a Jesús y a la Virgen a la que tanto querías y le rezabas por todo el mundo. Y gracias también porque hay tantas personas que han encontrado su felicidad en este camino.
Atentamente,
Conchita del Moral Herranz
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