Para los
cristianos el apostolado -procurar que los demás amen a Cristo- es una
obligación, hablar de Dios, tiene que ser nuestra pasión y hablar no solo con
la palabra, sino con las obras, como dice el refrán “fray ejemplo es el mejor predicador”.
San Pablo en una de sus epístolas dirigiéndose a uno de los
suyos le decía “insiste, exhorta con ocasión y sin ella”( II Tim. IV,2); los
primeros cristianos nos dan ejemplo de celo por las almas.
Muchas veces nos falta valentía, somos cobardes cuando
tenemos que dar la cara por nuestra Madre la Iglesia y escurrimos el bulto
quitando importancia al asunto, cuando si fuera necesario, habría que dar la
vida.
“El celo es una chifladura divina de apóstol, que te deseo y
tiene éstos síntomas: hambre de tratar al Maestro; preocupación constante por
las almas; perseverancia que nada hace desfallecer” (Camino nº 934).
Uno se puede preguntar ¿Cómo puedo yo hablar de Dios si no
tengo cualidades, si nunca salí de mi ciudad?; además tengo mucho que hacer.
Pues en tu situación concreta puedes hacer apostolado, haciendo tu trabajo cara
a Dios ayudando a los demás, igual no puedes dar una ayuda material, pero nadie
te priva de una sonrisa, de un consejo oportuno. Aprovechando el tiempo,
trabajando bien, sin chapuzas; a veces te has “mordido” la lengua para no dar
una mala contestación y con elegancia has puesto buena cara.
Como casi siempre trabajamos con otras personas, ahí tenemos
un buen medio para acercarlas a Dios a pesar de nuestras miserias; defectos
tenemos todos, pero si nos esforzamos por quitarlos los que nos rodean tendrán
ocasión de ver a Cristo reflejado en nosotros. Para ayudar a los demás no basta
que les demos buenos consejos, hemos de esforzarnos en vivir nosotros las
virtudes que deseamos para ellos, si no, nuestro afán apostólico sería falso y
no lograríamos nada.
El Papa nos urge a
hablar de Dios, no podemos callar ante tanta desviación moral; sin
coaccionar, pero explicando con caridad y claridad dónde está la verdad.

No hay comentarios:
Publicar un comentario