El día 9 de enero de 1902, naciste en la ciudad de Barbastro
(Huesca), y me gusta recordarlo cada año y mandarte una felicitación al
cielo. Eras un aragonés de una pieza,
hacías honra a tu tierra, ya que a los aragoneses se les distingue por su
hombría de bien, por su nobleza, por su tesón en acabar lo emprendido…pero
sobretodo, ya desde pequeño resaltaba en ti tu amor a Dios y a la Virgen que
tus padres te inculcaron y que iba creciendo en tu corazón, por eso se sirvió
el Señor de ti para encomendarte su Obra, fundar el Opus Dei; Obra de Dios.
Cuando alguien te saludaba como fundador, tu humildad te llevaba a decir: “Yo
soy un fundador sin fundamento, el Fundador ha sido El “, refiriéndote a Dios.
Siempre querías pasar inadvertido. “Que solo Jesús se luzca” solías decir
cuando alguien admiraba tus hechos. Si, San Josemaría, como estás en el Cielo,
pues la Iglesia te proclamó después de ver tus virtudes en grado heroico,
quiero resaltar alguna de ellas. Amabas a todas las personas, sin distinción de
razas, de culturas, de profesión de credos, porque decías “todos somos hijos de
Dios”, eso sí, si estaban en el error se
lo advertías con cariño y sin humillar, rezabas por ellos, pero jamás coaccionabas.
Tu alegría contagiaba, nunca perdiste el buen humor porque veías en todos los
sucesos la mano de nuestro Padre Dios. Te he oído comentar:”Un hijo de Dios
puede estar cansado, pero triste no”. Ante las contrariedades o trapisondas
contra la Obra o tu persona no le dabas importancia, te dolía en cuanto eran
ofensa a Dios. Jamás guardabas rencor, perdonabas y así enseñaste a tus hijos.
Amabas mucho a tu tierra, te gustaba cantar jotas, pero tu
corazón era universal; veías con alegría la prosperidad de otros países y en
cuanto te era posible llevabas allí tu mensaje, por eso en la Obra que tu
fundaste por inspiración divina caben todos los que Dios los llama por ese
camino, blancos, negros, de todas las razas y colores, pobres, ricos, sanos,
enfermos, intelectuales, artesanos, amas de casa…
Nos enseñaste a santificar el trabajo, cualquier trabajo
honesto “es un encuentro con Cristo”, si tratamos de hacerlo bien y por amor a
El.
Se puede preguntar ¿dóndes sacabas esa fuerza, ese amor? La
respuesta es sencilla; del trato con Dios en la Eucaristía, La Santa Misa era
el centro y la raíz de tu vida. Este era tu secreto; Dios, los demás y yo. En
una carta es imposible enumerar tus virtudes, que corto se queda uno para lo
grande que eras tu. Gracias San Josemaría por tu entrega generosa y amable a
cuantas almas has hecho felices de los cinco continentes. Y felicidades.

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