Un año más te mando mi felicitación San Josemaria, no quiero que te falte mi auguri y mi agradecimiento. ¡Qué bien lo vas a pasar junto a Jesús y a María, a quienes tanto amabas, junto al Beato Álvaro y a todos tus hijos!
El año 1928 por inspiración divina fundaste el Opus Dei, Obra de Dios. Cuando alguien se dirigía a ti como fundador solías decir, en tu humildad: “EL fundador ha sido El”, refiriéndote a Dios.
Desde tu adolescencia, tendrías quince o dieciséis años, contabas que tenías “barruntos” de que Dios te pedía algo y rezabas para ver claramente que tenías que hacer y el día 2 de octubre “viste” claramente, así lo explicabas. Desde entonces te abandonaste en sus manos como un hijo fiel, a hacer su Voluntad a costa de la honra y la vida. Tenías otros planes, pero los dejaste para dedicarte de lleno a lo que Dios quería de ti.
Anunciabas al mundo un nuevo camino para alcanzar la santidad en medio del mundo, cada uno en su sitio, trabajando bien, sin chapuzas, por amor a Dios y por eso repetías: “Todo trabajo es un encuentro con Cristo”. Es que para ser santo no es necesario hacer cosas raras, es hacer bien y por amor la profesión que cada uno tiene y ofrecerlo a Dios, las amas de casa procurando cuidar y amar a los suyos, el profesor transmitiendo su saber a los alumnos, el barrendero cuidando y barriendo las calles, etc.
En una carta es difícil resaltar todas tus virtudes. Eras un aragonés universal, amabas mucho a tu patria pero jamás despreciabas la de los demás. Ya escribiste en tu libro Camino, punto 525: Ser “católico” es amar a la Patria, sin ceder a nadie mejora en ese amor. Y, a la vez, tener por mías los afanes nobles de todos los países. ¡Cuántas glorias de Francia son glorias mías! Y, lo mismo, muchos motivos de orgullo de alemanes, de italianos, de ingleses…, de americanos y asiáticos y africanos, son también mi orgullo. -¡Católico!: corazón grande, espíritu abierto.
¡Qué bien vivías tu esto! y lo enseñabas con tu ejemplo, nadie quedaba indiferente después de hablar contigo, escuchabas, dabas un consejo, una ayuda, pero jamás coaccionabas, gran amigo de la libertad, pero con responsabilidad, afirmabas. Eras un hombre que sabía querer sin discriminación de razas, de lenguas, de credos… por eso repetías: “Solo hay una raza, la raza de los hijos de Dios”.
Gracias San Josemaria y felicidades porque con tu entrega generosa has hecho posible que mujeres y hombres de los cinco continentes amen más a Dios y sean felices.

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