La Declaración
Universal de Derechos Humanos aprobada y proclamada por la ONU en 1948, dice en
su artículo 18 :“Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de
conciencia y de religión”; pero esta dimensión no se identifica con la paz ni
con el bienestar, más bien supone la capacidad de preguntarse sobre el sentido
de la vida, cosa que guarda relación con verdades radicales.
Si pensamos que el más allá o destino eterno se decide en
ésta vida, ya ningún acto humano es indiferente. Pensemos en los valores o
cualidades, gracias a las cuales existen acciones y cosas buenas; por ejemplo
una ley es buena cuando protege el valor de la justicia Sócrates defendió el
valor de la verdad por encima de todo y el más famoso de los alcaldes de
Zalamea, Pedro Crespo estaba dispuesto a sacrificar su hacienda y su vida por
el rey, pero no su honor. Sobre el valor de los valores siempre ha habido
polémica, pero en este siglo esta siendo la lucha por quitarlos de en medio y
estamos viendo que al suspender los valores o ridiculizarlos estamos pagando un
alto precio; trastornos de la personalidad, violencia social, vidas
desperdiciadas y perdidas; es necesario hablar claramente del bien y del mal, el
bien moral como parte esencialísima de la vida social y del individuo. Ya desde
niños hacerles ver el sentido de lo bueno y de lo malo.
Quiero concluir esta carta con unas frases que nos pueden
orientar “El bienestar y la felicidad nunca me parecieron fines en sí mismos.
Estoy más inclinado a comparar tales fines con las ambiciones de un cerdo”
(Einstein) y otra de (C.S.Lewis)” Nos reímos del honor y nos extrañamos
de ver traidores entre nosotros(...)”.
Si cada uno nos esforzamos por ser cada vez mejores y ayudamos
a los demás cambiaremos el rumbo y andaremos en camino directo, es decir
encontraremos la paz.
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