martes, 5 de octubre de 2021

UN SANTO ARAGONÉS (con motivo del 93º aniversario de la fundación del Opus Dei)

San Josemaría Escrivá de Balaguer y Albás, nacido en la ciudad de Barbastro (Huesca) de padres ejemplares que supieron educar a sus hijos cristianamente. Fue bautizado en la catedral, de niño asistió al colegio de los Escolapios. Tuvo hermanas, que dos de ellas murieron de pequeñas, Josemaría lloró mucho, tenía un gran corazón como todos los aragoneses, personas sinceras, siempre con la verdad por delante.

Por reveses de fortuna tuvieron que emigrar a otra provincia: Logroño, y su padre ponerse a trabajar en un negocio que no era suyo de dependiente para poder sostener a la familia. El, que había sido dueño de un negocio junto con otro en su ciudad Barbastro. Toda la familia lo llevó con resignación cristiana.

San Josemaría quería ser arquitecto, pero Dios tenía otros planes y vio que tenía que ser sacerdote y obedeció, luego le hizo ver que tenía que fundar el Opus Dei, Obra de Dios. Mucho tuvo que sufrir, porque para algunas personas eran unas cosas tan nuevas, según ellos. El mensaje de santidad del Opus Dei, de santificarse en medio del mundo, no lo entendían, pero como él sabía que era un querer divino siguió adelante; estas personas no se daban cuenta que los primeros cristianos así se santificaron, en su trabajo ordinario, haciéndolo cara a Dios.

Yo he tenido la dicha de conocerle en Roma y recibir su última mirada junto con Valen, otra numeraria auxiliar. Nunca me olvidaré de su sonrisa y agradecimiento al abrirle la puerta, cuando se marchaba de una reunión con jóvenes de varios países.

Quiero añadir algún detalle con nuestras familias de sangre. Cuando murió mi madre, me envió a cuidarla incluso antes de que enfermara, no teníamos dinero y yo se lo dije así: no hay dinero, y me contestó: “Se gasta lo que se deba, aunque se deba lo que se gaste” y como mi madre murió de una enfermedad contagiosa quiso que a mi vuelta me viera un médico y me puso el médico en cuarentena, porque ella murió de tuberculosis. En aquellos años no se encontraban antibióticos, así que corrimos por todas las farmacias de Roma y encontramos medicina para 38 días, al final encontramos todo ya que lo que faltaba vinieron días después. Mi hermana se hizo cargo de mi padre, junto con su marido e hijos, y San Josemaría me dijo: “tú también eres hija, hay que pasarle una pensioncica” pero mi hermana dijo que no era necesario, aun así, se la pasamos hasta que se murió.

Nos inculcaba el amor al Papa, a los obispos, religiosos y a todas las personas, aunque piensen diferente y añadía: “se puede aconsejar, pero jamás coaccionar”.

Era amigo de todos y solía decir: “todos somos hijos de Dios”. Cuando tenía que corregir lo hacía con tal delicadeza que no podía ofenderte. Un día estaba yo limpiando y tenía todas las luces encendidas y se veía mucho, pasó por ahí el Padre (como le llamamos familiarmente en la Obra) y me dijo: “no te quiero ciega (apagó algunas luces) y prueba a ver” y me indicó las luces que debía encender.

Gracias San Josemaría y auguri porque somos tan felices.

Atentamente, 

Conchita del Moral Herránz

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