Como cada año te mando mi felicitación, de agradecimiento
por el legado que nos has dejado, no solo a tus hijos, sino al mundo. Cuanto
insistías en que podemos hacernos santos, cada uno procurando santificar el
trabajo, santificarnos en el trabajo y ayudar a santificarse a los demás en
medio de su quehacer diario. Todos los trabajos honrados son un encuentro con
Cristo, solías decir.
El 26 de Junio de mil novecientos setenta y cinco te
marchaste al cielo despues de una reunión, tertulia, porque la Obra que tu
fundaste por querer Divino es una familia, en la que cada uno s siente en su
casa; tube la dicha de escucharte, éramos chicas de los cinco continentes, pues
en el Opus Dei no hay acepción de personas, ni razas, ni colores, ni de
trabajos, caben todos que Dios les llame por ese camino; campesinos, amas de
casa, intelectuales... solías decir “todos los trabajos tienen la misma
categoría la categoría depende del amor de Dios que se ponga en ella”.
Recuerdo de esa tertulia de como nos inculcabas en amor al
Papa, sea quien sea, a la Iglesia y a los sacerdotes y nos pedías que rezáramos
por ella; también el detalle con una de Japón que quiso contarte su conversión,
pues antes era pagana, la miraste con ternura y le preguntaste si ya se
acostumbraba a las comidas de Italia tan distintas a las de su país, diciéndole
que fuera sencilla para decir lo que no le gustaba, porque nunca lo había
comido y que poco a poco se iría acostumbrando; hasta te interesaste por el
calzado, ya que en su tierra para entrar en casa usan como una especie de
chanclas; a otra le preguntaste por sus padres; Tu corazón vibraba con todas
las personas; la tertulia transcurría normal, cuando en un momento no te
sentiste bien, desalojamos la sala de estar para que te repusieras y poco después
emprendiste el viaje de regreso a Roma, no sin antes pedir perdón por las
molestias, así dijiste, que nos habías ocasionado. Tuve la suerte de
acompañarte junto con otro a la puerta de salida, volviste a pedir perdón y
mirándonos con cariño añadiste: “hijas mías, adios”, fue una mirada especial,
era jueves y volviste a decir, os haré llamar para que estéis tranquilas; pero
Dios tenía otros planes para tí, que lejos estábamos nosotras de pensar que en
el cielo ya estaban las puertas de par en par para recibirte como siervo bueno
y fiel.
Al recibir la noticia lloré y me acord´´e de haberte oído
decir “No os avergüence llorar, no os avergoncéis de querer, solo las bestias
no lloran, tenemos que querernos con todo nuestro corazón poniendo entre
nosotros el Corazón de Cristo y el Corazón dulcísimo de María y así no hay
miedo. A quererse bien, a tratarse con afecto. Que ninguno se encuentre solo”.
Aunque no veo tu rostro te siento cerca, noto tu ayuda.
Gracias S. Josemaría, eras hombre que sabía querer, en tu corazón cabían todas
las personas, perdonabas, comprendías,sufrías con los que sufrían, amabas con
obras. Eras alegre y optimista porque amabas la voluntad de Dios. Ya escribiste
en tu libro Camino punto 662 “¿No hay alegría?.-Piensa: hay un obstáculo entre
Dios y yo -casi siempre acertarás-”.
Felicidades y gracias.

Conchita, ¡ vaya entrada tan bonita! Pero más bonito fue poder escucharlo de ti ayer a viva voz. ¡¡muchas gracias!!
ResponderEliminarHola Reyes, muchas gracias. Te recuerdo con cariño y rezo por ti. Te pongo mi correo y asi estaremos en contacto.
ResponderEliminarUn abrazo
Conchita
Muchas gracias y un abrazo Conchita
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